Descolgado del trepidante ritmo de vida en el que se ha convertido mi rutina, adentrandome en la húmeda oscuridad en que se han convertido mis noches. Observando sumido en la más absoluta de las tinieblas a las nubes arremolinadas alrededor de la luna. Azules, recortadas, Burtonianas…

   
Paso mis días como la mancha de tinta que soy. Absorbiendo y contaminando. Aprendiendo y corrompiendo. Me lo llevo todo y no dejo nada tras de mí. Te convierto en un juego. Me convierto en un juego. No tiene realmente importancia. Ni ganar, ni perder. Buscar la salida del laberinto o aprender a vivir de él.

    He encontrado en este año de facultad justo lo que buscaba cuando realizaba la matricula. El estrés que sentía durante los últimos examenes de septiembre que realicé. El no poder descansar antes de seguir con el siguiente problema a resolver. Pero cometí un terrible error. Treinta días de estrés no tienen comparación con tres cuatrimestres en los que te roban los días libres para marcarte nuevos trabajos.

    Pero es lo que me he buscado, y con ello cargaré hasta el final porque…

Son las reglas del juego.