Pero no pudo agarrarse a la mano que le extendía desde lo alto de la cascada. Por más que extendiese cada fibra, cada músculo de su cuerpo su brazo no se hizo más largo para poder llegar.
    Y cayó entre lagrimas que se mezclaron con el agua que la acompañaba en la caida.

    Cada noche en la que pensaba que la luna brillaba de manera sobrenatural tenía ese sueño recurrente, no es que fuese una mujer que conociera o que hubiera visto alguna vez, tenía la sensación de que era más bien un concepto de si mismo. Y eso le daba miedo. No quería perderse a si mismo por el amor que tenía a su vida, no quería que las cosas cambiasen, como tantos otros seres humanos teme el cambio y prefiere la seguridad de lo conocido. La comodidad de la rutina y la seguridad de sus limites.

    Pero nada es eterno, y tendrá que adaptarse como el junco a la brisa o el rio a la montaña.